Espacio para compartir

Para empezar, necesitas saber algo más sobre mí, ya que vamos a crear un espacio para compartir.

Creo que es necesario que veas con ejemplos reales lo que trato de transmitirte, ya que es el resultado de mi experiencia personal y estoy segura que, en algunos aspectos te sentirás identificad@, por lo que te resultará más fácil empatizar conmigo y comprender lo que te expongo.

Pero me encantaría que cuestionases todo lo que lees, todos los conocimientos que ya tienes y los que van llegando a ti y, en base a los resultados que obtengas según tu propia experiencia, verifiques lo que es beneficioso para ti, no por la información que recibes de otras personas o fuentes, sino porque lo has experimentado y comprobado por ti mism@, y los resultados que obtienes son beneficiosos para ti.

Sobre mí

Soy una persona “de ciencias” y como tal siempre he buscado una explicación para casi todo. Y, al igual que para entender los fenómenos que acontecen en el mundo físico o en la propia biología del cuerpo humano, también la he necesitado para entender mi mente y ciertos comportamientos que puedo mostrar de manera más o menos automática.

Mis antecedentes, mi experiencia, mi aprendizaje, mi biología y, en definitiva, mi vida y todos y cada uno de los momentos que la componen, me han convertido en la persona que soy ahora y por eso, estoy agradecida.

La mayor parte de mi vida la he vivido a mil por hora, casi desconectada por completo y en piloto automático, con gran estrés y sufrimiento por circunstancias de mi entorno, exceso de responsabilidad, altas expectativas por cumplir, rigidez y autoexigencia, falta de autocuidado… entre otras cosas. Esto fue consecuencia de mi educación y de los patrones heredados, pero también, claro está, fue consecuencia del papel determinante de mi genética, mis rasgos de personalidad, mis aprendizajes, mis experiencias, mi forma de regular el estado afectivo o la gestión emocional, mi estilo de apego, mi autoestima, mi percepción de ajuste al mundo, el conocimiento que fui adquiriendo, mi diversidad de estados de ánimo, mis diferentes autoconceptos, las capacidades y habilidades de afrontamiento que fui desarrollando, lo que me refuerza positiva y negativamente y queda condicionado, los incentivos disponibles en mi vida, mi capacidad de inhibir impulsos y posponer la recompensa y un largo etcétera. Por lo que, reducir mi comportamiento o mis elecciones a un patrón heredado, puede resultar simplista.

Desde niña, asumí un determinado rol sin cuestionarlo, y lo desempeñé. Las situaciones y circunstancias, todos los mensajes recibidos de mis figuras de referencia, de la sociedad, de la escuela y de todo mi entorno, generaron una serie de esquemas mentales con los que yo me desenvolvía en este mundo. Formé una imagen de mi misma acorde a este rol que asumí como mi identidad. No me conocía a mi misma aún… sólo acepté ser lo que se esperaba que fuera.

Estas dinámicas me llevaron a enfermar cuando tenía unos 22 años. Tras un año de dolor intenso que me dejaba en la cama, a veces sin poder moverme, y un gran número de pruebas, medicamentos, inyecciones intramusculares y otros muchos parches que ni siquiera mermaban el dolor a medio plazo, terminé en la consulta de un reumatólogo que diagnosticó claramente de una enfermedad autoinmune y crónica: espondilitis anquilosante, además en una fase ya muy avanzada.

Este diagnóstico, en aquella época (que hablamos del año 2003 aproximadamente) y con mi edad, sólo me hizo querer encontrar una solución rápida… “vale, esto es lo que tengo, dame algo me quite el dolor y pueda seguir con mi vida y con mi ritmo vertiginoso”

Y eso me dieron: un montón de pastillas (inmunosupresores, protectores de estómago, AINES…)

Realmente mi mejoría no fue ni rápida ni demasiado notoria, pero no me paré a reflexionar sobre ello, ni en las consecuencias que medicarme el resto de mi vida podía tener, ni en el significado de la palabra “crónico”.

Y como la vida, si no aprendes la lección, te la repite las veces que sea necesario, ante este regalo del Universo en forma de enfermedad que estaba tratando de decirme que parase, bajase el ritmo y me observase un poco, hice caso omiso… así que, la enfermedad no remitió. De hecho, avanzó y se extendió por otras articulaciones e iba teniendo brotes en cada vez más partes de mi cuerpo.

En esa época era joven, algo rebelde y cabezota y, obviamente, quería seguir cumpliendo ese rol de poder con todo que creí que era YO, y que, incluso me hacía sentir orgullosa.

Entonces, pasados los primeros años de lucha contra los síntomas a base de dolor y medicación (que no frenaron el avance de la enfermedad) llegó un momento en que, en vista de mi empeoramiento, me ofrecieron un nuevo tratamiento.

Era un tratamiento experimental (entonces) pero muy efectivo, ya que disminuía la respuesta del sistema inmune. Básicamente lo dormía, lo deprimía. Me explicaron que, puesto que el sistema inmune está ahí para defendernos, aunque el mío se hubiera «vuelto loco» y me atacase a mi misma, durante mi tratamiento con este medicamento debía tener cuidado y alejarme de personas o entornos susceptibles de contagiarme alguna enfermedad, además de estar atenta a cualquier síntoma puesto que, con un sistema inmune deprimido, una enfermedad virulenta podría haber hecho mella rápidamente en mi organismo. Así que, debía acudir al hospital al menor síntoma e informar que estaba recibiendo ese tratamiento.

Cuando el reumatólogo me lo explicó y me ofreció la oportunidad de ser una de las afortunadas que podría recibir un tratamiento que, en aquel entonces, contaba con buenos resultados a nivel experimental y que, además, era carísimo, algo hizo “click” en mi cabeza. No sólo porque me acababa de decir que me iba a inyectar un fármaco que interferiría en mi sistema inmune impidiendo la respuesta inflamatoria (respuesta necesaria como primera barrera del sistema inmunológico ante cualquier patógeno), sino que, además, debía afrontar esos riesgos trabajando con niños de edades comprendidas entre 0 y 6 años, que son un foco constante de diferentes virus, bacterias y enfermedades a lo largo de su proceso de desarrollo (como es normal).

En ese momento algo me despertó de mi inconsciencia y pensé que no quería estar inmunodeprimida.

A partir de ese momento decidí responsabilizarme de mi sanación, no estar a expensas de fármacos. Estaba segura de que había otras opciones para que mi cuerpo sanara utilizando sus propios recursos y empecé mi búsqueda de otras opciones más naturales.

He de aclarar que, a día de hoy, los tratamientos biológicos son utilizados por miles de personas y les ayudan a vivir plenamente sus vidas sin sintomatología. No los juzgo ni emito ninguna opinión al respecto. Cada uno toma sus decisiones en esta vida, cada uno tenemos nuestro camino, cada uno diferente. Yo no quise siquiera probarlo y me arriesgué con mi propio método: hacerme responsable de mi curación siendo parte activa en el proceso.

Entonces, como buena cabezota que era (y autoexigente, hiper-responsable,  etc.) busqué, leí, investigué y estudié todos los tratamientos alternativos posibles (probando casi todo lo que estuvo al alcance de mi mano).

Fruto de una extensa búsqueda encontré incluso foros de personas que, como yo, estaban utilizando otro método para luchar contra esta enfermedad sin medicación, o al menos tomando la mínima posible, porque tampoco querían ingerir esa cantidad de pastillas de por vida, y les iba bastante bien en general. Así que, saqué mi propia teoría experimental.

Como he explicado antes, tengo un cerebro más bien científico y analítico, por lo que necesitaba que esa teoría se sustentase, al menos, sobre bases coherentes con mis esquemas mentales para que pudiera plantearme que eso era posible.

Y así fue. Gracias a la coherencia entre todos los estudios que había leído sobre la relación de las bacterias intestinales con la respuesta inmune y, en concreto, el trabajo del Doctor Seignalet, inmunólogo francés que sostenía y argumentaba (bajo preceptos científicos y experimentales, así como su experiencia con pacientes) que esta enfermedad, al igual que otras autoinmunes, estaba provocada por una bacteria intestinal y que, por lo tanto, si dejábamos de alimentar a esa bacteria y se impedía su desarrollo, los síntomas cesarían. Encontré los argumentos que necesitaba para respaldar mi decisión.

Además de todo este marco teórico, habiendo comprendido que debía empezar por mi alimentación y cambiar ciertos hábitos, fui a ver a Eduardo Lechuga (https://saludintegrativa.es/), amigo y terapeuta, con el que he llegado a forjar una sólida relación personal y laboral que nos lleva actualmente a formar EQUIPO

Así que, Edu me trató durante el tiempo necesario para recuperar mi salud y me dio unas orientaciones básicas en la alimentación. SÓLO (y lo pongo en mayúsculas porque no fue “moco de pavo”) tenía que dejar de comer lácteos, harinas y azúcar. Nada sencillo hace más de una década.

Gracias a estos cambios, empecé a mejorar a partir de la primera semana de poner en práctica estas nuevas pautas de alimentación. Obviamente, esto no hizo más que reforzar la idea de que estaba en el camino correcto.

De un día para otro desaparecieron de mi alimentación esos ingredientes, lo hice de manera “radical”.

Pero, todo proceso necesita una adaptación. Y, en cambio, yo lo hice de un día para otro. No lo hice desde el cuidado personal, desde el cariño, el mimo y asumiendo que podía equivocarme, y que podía permitirme “saltármelo” alguna vez… Para nada. Lo hice desde ese nivel de autoexigencia, disciplina, rigidez e inflexibilidad que me hacían tan «fuerte» y a la vez son taaaaan insanos… (pero eso lo aprendí más tarde).

Lo positivo es que en ese momento esa determinación me ayudó a detoxificar mi cuerpo rápidamente.

Bueno, he de apuntar que el camino no fue nada sencillo, incluso con mi DETERMINACIÓN. Este cambio alimentario dista bastante de cómo come el 80% de la población (quizá el 90% en aquellos años, estamos hablando de 2010 aproximadamente) y por supuesto, como comía yo hasta el momento.

Aplicaba estos cambios de manera muy drástica y restrictiva, era muy estricta (porque así de exigente era conmigo misma por aquel entonces). Obviamente, sobra decir que no me lo saltaba NUNCA.

Así que, imaginaos ya no sólo el juicio de toda la gente que me rodeaba, sino la dificultad que implicaba conciliar mi forma de alimentación con mi ritmo de vida vertiginoso. En aquella época no había las opciones tan variopintas que hay ahora, por lo que iba con el tupper a todas partes…

Volví al reumatólogo para decirle que no iba a comenzar con el tratamiento porque había leído y estudiado sobre la enfermedad e iba a probar a cambiar mi alimentación para superarla. Podéis imaginar qué me dijo. Me recordó que era una enfermedad crónica y que eso implicaba que los síntomas iban a estar presentes de por vida y sin medicación podría llegar a quedarme en una silla de ruedas. Pero, me vio tan convencida que terminó diciendo que bajo mi responsabilidad, probase si esa era mi decisión.

Bueno, la advertencia no me amedrentó y seguí adelante con mi decisión.

Fue una decisión arriesgada… pero me salió bien.

Eso sí, fue un proceso duro.

No flaqueé ni por un instante con una decisión que todos a mi alrededor cuestionaron y juzgaron, llegando a verlo como una locura. Incluso mi familia, sobre todo mis padres (con una mentalidad de los años 60), que vieron como su hija abandonaba la medicación recetada por el médico (una institución y una figura de autoridad incuestionable) y dejaba de comer alimentos “totalmente necesarios” según la pirámide alimentaria tradicional.

A la dificultad intrínseca de su puesta en práctica (puesto que, como decía anteriormente, en aquel tiempo no era tan fácil conseguir alimentos tan específicos. Ahora hay una gran oferta y variedad de alimentos sustitutivos) se unía el juicio constante de todo el que me veía comer, porque pongámonos en situación, eran unos años en los que no era tan habitual comer diferente, no había la oferta y la información que hay ahora con cada vez más alergias e intolerancias que han obligado a la industria alimentaria ofrecer alternativas.

Cuando cambias, cuando cuestionas lo establecido, puede que tu entorno no lo comprenda y, eso es parte del camino.

Seguí siendo “superwoman” y además, para mis adentros y de cara a los demás, esta parte de mi personalidad salió fortalecida, porque había superado una enfermedad “supuestamente crónica” echándole un órdago bajo mi cuenta y riesgo a la medicina convencional y contradiciendo la opinión de todos los que me rodeaban.

Por lo que, viviendo de nuevo sin dolor, pude seguir desempeñando las tareas o responsabilidades propias de aquel rol, el cual no había cuestionado aún. Pero en realidad, a un nivel más profundo, algo había cambiado.

La enfermedad te envía un mensaje en forma de sintomatología que no puedes obviar. Paliar los síntomas no es la solución. El cuerpo te enviará señales de un modo u otro.

Y estoy agradecida a todas las circunstancias que me llevaron a desarrollar los síntomas de la enfermedad, ya que enfrentarme a ello inició este proceso, que continua a día de hoy y que ya no puedo abandonar que es el camino del desarrollo y crecimiento personal y la salud, en definitiva, MI ESTILO DE VIDA.

Todo lo acontecido era absolutamente necesario para mi evolución. Si no hubiese vivido aquello, no sería la persona que soy.

Pero, como digo, eso fue sólo el comienzo del camino.

Con la espondilitis aprendí a priorizarme un poco, más que nada porque la enfermedad le puso freno, por fin y a la fuerza, a la “superwoman” que era y que no se permitía NUNCA estar mal, ni ser frágil o vulnerable, ni pedir ayuda, podía con todo y con todos… hasta el día que mi cuerpo me dijo basta y no pude ni conmigo misma.

Ahora veo claramente la relación de esa enfermedad con las incoherencias de mi vida y la lección que debía sacar de esa experiencia. Una enfermedad autoinmune implica que tu propio sistema inmunológico te ataca a ti mism@. Pues eso era lo que hacía yo, atacarme a mí misma, exigiéndome siempre. Y todos los síntomas de la enfermedad: el dolor, la rigidez, el anquilosamiento… le venían al pelo para describir cómo era yo, una roca fuerte y rígida, estricta conmigo misma, hiper-responsable y que cargaba con el peso y las cargas de todos a mi alrededor. Por lo tanto, no puedo decir que la vida no me presentase claramente el aprendizaje ante mis ojos.

En resumen, la vida es una gran maestra, la mejor. Trata de enseñarnos la lección claramente, pero si no la aprendemos, nos la presenta una y otra vez hasta que la hayamos interiorizado, así que, por favor, no seas tan terc@ como yo… invierte tiempo en ti mism@, presta atención a los detalles, al malestar, a los posibles síntomas físicos… y plantéate, ¿hay alguna incoherencia en mi vida?

De ahí la palabra MINDFULNESSFOOD, la alimentación en primer lugar y la atención plena posteriormente, me llevaron a conocerme y cuidarme para ser más consciente y percibir cada síntoma físico o emocional que pueda encender la señal de alerta que nos avisa de que algo no va bien.

Este símil es muy sencillo e ilustra a la perfección la sencillez de este mecanismo, aunque a veces no queramos o no podamos verlo:

Cualquier síntoma físico o emocional es como los indicadores de avería que se encienden en el coche cuando algo falla. Si no le hacemos caso, el coche seguirá funcionando (dependiendo de la gravedad de la avería) hasta que deje de funcionar. Entonces, como ya no puede cumplir su función principal, que es la de llevarnos de un lugar a otro, lo llevamos al taller a que lo reparen. Por mucho que pongamos una pegatina encima del indicador de avería para no verlo (porque no nos viene bien ahora “parar” o porque creemos que aguantará o simplemente porque no queremos verlo…) el indicador no se apagará hasta que solucionemos la avería.

Pues en nuestro organismo sucede lo mismo. Podemos querer (o poder) verlo o no, pero si no solventamos el problema, la avería señalada con esa sintomatología irá a más con mayor o menor velocidad.

Siempre podemos poner una “tirita” para aliviar, de momento, ese malestar o al menos no verlo… pero esa tirita (llamando tirita a cualquier herramienta que utilicemos para paliar el dolor), no va a solucionar la causa u origen del problema.

Está claro que esto entra en discrepancia con los parámetros en los que nos movemos en la sociedad actual. Un mundo frenético, en el que parece que no está permitido parar y que hemos de producir o al menos tratar de ser productivos y conseguir objetivos más alineados con lo material que con la naturaleza humana.

Además, habría que añadir a la ecuación la hiperestimulación a la que estamos expuestos que nos llama a vivir cada vez más de cara al exterior. Y ¿a qué me refiero con vivir de cara al exterior? A desconectarnos de nosotr@s mism@s y sostener «máscaras» que acordes a lo que los demás esperan de nosotros, independientemente si eso concuerda con nuestra realidad o no, con nuestra esencia o con lo que nosotr@s queremos y somos. Tenemos que “parecer” siempre felices, exitosos y además, altos, guapos, jóvenes y esbeltos. ¡Es insostenible!

Por lo tanto, si sumamos estos ingredientes, es muy difícil ser consciente y parar a escuchar al cuerpo para reconocer la sintomatología. Es comprensible.

A este cóctel hay que añadir el hándicap que, en mi opinión, tiene la medicina convencional: paliar síntomas sin ir al origen o la causa. Además de analizar los síntomas concretos (pero no aislados), debemos entender el cuerpo humano en su globalidad, como un sistema interconectado en el que todo está interrelacionado. En algunos casos, la especialización de la medicina ha conseguido grandes avances (como por ejemplo en la cirugía) y eso es innegable.

Lo malo de la fragmentación del cuerpo humano en especialidades médicas es que se pierde la perspectiva de la globalidad. Si el síntoma se manifiesta en determinada área de tu cuerpo te envían al médico responsable de esa área localizada para que palie ese síntoma concreto. Pero no se analizan las causas y ni se trata de estudiar la relación de ese síntoma con otras áreas o sistemas.

Por ejemplo, la espondilitis anquilosante se manifiesta con dolor articular, es una enfermedad reumática, por lo tanto, la trata el reumatólogo, que lejos de de buscar el origen (una bacteria intestinal a nivel físico y la sobrecarga y autoexigencia a nivel emocional) sólo palia los síntomas. Esto es, básicamente, poner una tirita para que no veamos el “avisador en el salpicadero”.

A este sesgo de la medicina, debemos añadir que vivimos en una sociedad en la se nos insta a que busquemos y obtengamos lo queremos de manera fácil, rápida y cómoda. Por lo tanto, no hay espacio ni tiempo para estar enfermos, para parar a escucharnos, atender a la sintomatología que obviamente trata de decirnos algo. Se promueve la solución en una pastilla o tratamiento que rápidamente (y cuanto más rápido mejor) elimine los síntomas que no permiten realizar todas las tareas a realizar cada día en esta vida frenética que parece que debemos vivir.

Si le añadimos el hecho de que esa comodidad en la que la mayoría vivimos nos aleja de nuestra naturaleza desde el punto de vista evolutivo, tenemos muchas papeletas de desarrollar enfermedades o trastornos relacionados con el estilo de vida actual: la comodidad y el sedentarismo.

Al igual que el sistema inmune necesita enfrentarse a patógenos y bacterias para “aprender” y fortalecerse, nuestro organismo en general e incluso nuestra mente necesita pequeños estresores o retos que, en la dosis óptima nos fortalezcan (hormesis).

Desde la perspectiva de la naturaleza intrínseca del ser humano, los retos, los estresores y las circunstancias adversas (en dosis adecuadas) generan adaptaciones fisiológicas que nos fortalecen.

Dicho todo esto, y a modo de resumen, con la evolución y la epigenética de la mano,

La clave de la salud está en el ESTILO DE VIDA.

¿Te animas a comprometerte con tu estilo de vida?

¡Te acompaño!

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